La figura de Garibaldi resulta muy atractiva. Personaje romántico por excelencia, su vida fue una constante vorágine de luchas idealistas, cuando no en su tierra italiana, defendiendo en otras partes del mundo sus creencias, siempre con escasas tropas y frente a ejércitos mucho más poderosos.
Nacido en Niza, en 1.807, no deja de ser irónico que la unidad de Italia, por la que tanto luchó, tuviese como consecuencia que su patria natal dejase de pertenecer al país transalpino para incluirse en Francia. Era hijo de un pescador y como marinero trabajó en varias tripulaciones en sus años jóvenes.
Pero su gran aventura comienza en 1.834, cuando se une al movimiento independentista “La Joven Italia”, que lideraba Mazzini. Con la Marina del Piamonte logra los galones de capitán. Pero en 1.843 intenta rebelar Génova y fracasa, lo que le cuesta ser condenado a muerte.
Obligado a huir, se traslada a Sudamérica. Allí, siempre fiel a sus ideas, luchó, con su Batallón de la Muerte, primero contra Pedro I, Emperador de Brasil, y después, en Uruguay, contra el Presidente Oribe.
Pero su gran causa estaba en su Patria y, en cuanto la situación fue propicia, regresó a Italia. Allí, donde ya era un mito, reclutó un cuerpo de voluntarios, los Cazadores de los Alpes y se dispuso a luchar contra el invasor austriaco en la guerra que contra éste mantenía el Reino del Piamonte, apoyado por Napoleón III de Francia. Pero éste, temeroso de ofender al Papa, se retiró pronto del conflicto.
Frenado en sus ímpetus por la diplomacia, planeó la conquista y anexión a la nueva Italia que se estaba logrando del Reino de las Dos Sicilias. Allí se dirigió, apoyado por Cavour y el Piamonte, al frente de sus Mil camisas rojas. Tras desembarcar en Palermo, donde fue recibido con júbilo, conquistó el Reino e instauró una República regida por un Gobierno provisional.
Pero nuevamente la política enfriaría sus pasos : concibió la idea de marchar sobre los Estados Pontificios y conquistarlos para su país. Pero Cavour, con quién nunca se llevó bien y que le consideraba un aventurero sin mucho seso, temiendo una radicalización diplomática del conflicto – recordemos que Napoleón III apoyaba al Papa y sus tropas se hallaban en Roma defendiéndola - , envió a las tropas piamontesas a conquistar las Marcas y la Umbría, deteniendo así el avance de Garibaldi.
El guerrillero, ante la imposibilidad de hacer otra cosa, moderó su radicalismo y reconoció a Víctor Manuel II como Rey de Italia, integrando, además, bajo su soberanía el Reino de las Dos Sicilias.
Poco duró, de todas formas, la paciencia de Garibaldi : enfrentado con el Papa, a quién consideraba obstáculo para la unidad italiana, intentó por dos veces entrar en Roma (1.862 y 1.867), siendo en ambas detenido y desterrado.
Irónicamente, cuando se produjo la conquista de Roma, en 1.870, el guerrillero se encontraba luchando contra los prusianos en Francia, por lo que no pudo participar en ella. La conclusión de la unidad italiana dejó a Garibaldi sin objetivo en su vida.
El nuevo Gobierno italiano le ofreció una pensión que rechazó, por no estar de acuerdo con algunas de sus decisiones. Así, vivió sostenido por su familia hasta que, en 1.874, aceptó un escaño en el Parlamento. Su entrada en el hemiciclo fue triunfal, brindándole reconocimiento el Gobierno y el propio Rey. Se había convertido en un mito, pero un mito que ya no tenía cabida en el presente, sino que era una leyenda.
Murió, retirado en Caprera, en 1.882, donde se había dedicado a contar sus batallas a todo el que quisiera oirlas.

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