El Reinado de Carlos II “El Hechizado”
Es bien cierto que la decadencia del Imperio español se inicia con los reinados de Felipe III y Felipe IV, e incluso hay quién apunta al reinado de Felipe II. La verdad es que las constantes guerras, la corrupción y la incapacidad de reyes y políticos venía conduciendo al desastre desde tiempo atrás. Pero es en tiempos de Carlos II cuando se produce el colapso definitivo. Tras él España seguirá conservando posesiones ultramarinas y teniendo peso específico en el panorama internacional, pero ya siempre será una potencia de segundo orden frente a Francia y, sobre todo, Inglaterra.
Carlos II (1.665 – 1.700 ) tenía sólo cuatro años cuando heredó la corona, por lo que quién ejerció de Regente fue su madre, Mariana de Austria, asistida por una Junta de consejeros, para evitar que el poder cayera en manos de un valido. Esta situación se prolongaría hasta que el Rey cumpliese 14 años. Estos consejeros, ante la permisividad de la Reina madre, intrigaron y protagonizaron espectáculos bochornosos.
La dinastía austriaca reinante en España había degenerado a través de bodas consanguíneas de modo progresivo. Y Carlos era el producto final de ello. Raquítico y enfermizo desde su nacimiento, mostraba rasgos de hidrocefalia, prognatismo, y otros males visibles que eran un mero apéndice exterior de sus problemas internos. Basta mirar el retrato que le hizo el pintor de cámara, Carreño Miranda. A mayor abundamiento, recibió pésima educación (a los nueve años no sabía leer ni escribir).
En tanto el Rey se hacía mayor, pese a las prevenciones, el poder estuvo en manos de validos incompetentes, que comprometieron al país en guerras perniciosas y en tratados de paz aún peores. Más preocupados de pleitear entre ellos que de gobernar estuvieron el confesor de la Reina y valido en activo, el jesuita Nitard, y don Juan de Austria, aspirante al cargo, que terminó imponiéndose y forzando el destierro de aquél, pero que, una vez obtuvo el puesto, se olvidó de él. Quién realmente lo ejerció fue el conde de Peñaranda, tan incompetente como los anteriores.
De mal en peor, fue nombrado a continuación Fernando Valenzuela, un “corredor de orejas”, como se llamaba entonces a los que contaban los chismes a la Reina, quién se preocupó más de enriquecer su casa que de dirigir el país.
Cumplidos los catorce años, el Rey debía ser proclamado mayor de edad, pero como ni física ni mentalmente había salido de la infancia, la Reina y su valido intentaron incapacitarlo. No lo consiguieron, pero sí que – proclamado Carlos - su madre quedase como Primer Ministro de facto, con lo que todo seguía igual.
Aparece de nuevo en escena Don Juan de Austria, que toma el poder y condena a muerte a Valenzuela, que finalmente fue desterrado a Filipinas. Su gobierno, aunque hizo desaparecer la corrupción, no fue bueno. Sucesivas guerras y hambre en el pueblo son sus logros. Y eso que no le faltaban prendas, en comparación con sus adversarios, pero éstos – la Reina incluida – no le dejaron obrar.
Muerto Don Juan, le sucedieron varios ministerios, hasta que el duque de Montalvo dividió la Privanza en un triunvirato, pronto reducido a duunvirato, que, en buena lógica, degeneró en un duelo entre ambos mandatarios. Efectivamente, Montalvo y Enríquez de Cabrera se enzarzaron en una disputa para ver quién se hacía con el poder, resultando vencedor éste último.
Enríquez, al que Maura llama Primer Ministro incógnito, era amante de la Reina, María Ana de Neoburgo y su política provocó varios motines – en parte provocados por sus enemigos – como el “motín del pan” y el “motín de los gatos de Madrid”. Su vida ostentosa cuando tanta miseria había le hicieron impopular.
Entretanto, ante la incapacidad del Rey para tener descendencia, se iba preparando la sucesión dinástica. El propio Enríquez era partidario de los austrias. De otro lado, se encontraba el “partido francés”, liderado por el cardenal Portocarrero, que propugnaba que el trono debía ser para los Borbones. Éstos últimos acusaron al valido de ser el autor de los hechizos del Rey y la Inquisición pretendió encerrarlo.
Podemos hacernos una idea de cómo estaban las cosas cuando se hizo creer al Monarca que estaba hechizado por culpa de la Reina y de Enríquez y que ésta era la causa de su esterilidad. El ingenuo Rey se sometió a toda clase de exorcismos y ungüentos para sacarse los demonios del cuerpo. Hasta tal punto llegaron las cosas que poco faltó para que acabasen con su vida.
Entre todas estas desdichadas intrigas y más pendientes de la sucesión dinástica que de regir el país se desarrollaron los últimos años del reinado de Carlos II y de los Habsburgo en España. Mientras tanto, el país se debatía entre la miseria del pueblo y la opulencia de los poderosos, con una Hacienda completamente arruinada por las guerras.

Carlos II murió en 1.700, sin sucesión, dejando en su testamento como heredero a Felipe de Anjou (el futuro Felipe V), nieto de su hermana María Teresa y de Luis XIV de Francia, que tanto daño había hecho a España. Pero las demás naciones europeas no podían permitir que tan vasto imperio cayese en manos francesas, por lo que todo el continente se enzarzó en una guerra que duraría quince años y que devastaría el suelo peninsular. Fue un nefasto final para un Rey y una Dinastía cuya labor en el trono de España fue tan desastrosa como inútiles sus integrantes. Se puede alegar en su defensa que los primeros monarcas – Carlos I y Felipe II – fueron beneficiosos, pero si reparamos en que todo se lo encontraron hecho y lo gestionaron mal, podremos concluir en que su labor no fue tan positiva como parece.
La síntesis de la Dinastía de los Habsburgo la realiza acertadamente el historiador Maura Gamazo : “ El cruel transcurso de los siglos había en ella infiltrado lacras físicas de varia índole. Los desequilibrios morbosos de los Trastamaras, que producen el eunucoide Enrique IV, y las lesiones cerebrales de algunas reinas, con casos esquizofrénicos notorios, como el de Juana “la Loca”, al unirse a la rama austriaca engendran a Carlos I, epiléptico, y a Felipe II, hipocondriaco, y los dos padecen en forma aguda lo que hoy se llama “artritismo”. Los posteriores y sucesivos enlaces de tíos y sobrinas y de primos hermanos de la Casa de Austria, degeneraron más esta sangre y Carlos II era un claro exponente de las taras familiares”.
Comentarios (1)
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muy buen artículo, extendido, interesante, sólo te faltaría incluir la bibliografía para darle mayor veracidad.