Edad Antigua

El Faro de Alejandría

Marcelo Ferrando Castro
15:08h Martes, 10 de enero de 2012
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Siete fueron las maravillas que según los helenos construyeron las manos y el ingenio del hombre, siete maravillas entre las que según las referencias clásicas, el Faro de Alejandría ocupó el séptimo lugar. Desconocems si por escala de importancia o por simple enumeración, pues difícil resulta la idea de graduar la importancia de tan magnas obras.

Ilustración del Faro de Alejandría

Sin embargo, el Faro de Alejandría, bien pudiese ser la obra de mayor funcionalidad de aquellas, pues durante más de quince siglos cuentan que orientó a toda nave que llegaba a Alejandría y defendió la ciudad, hasta que una cadena de movimientos sísmicos lo hiciese caer en siglo XIV.

Concebido e iniciado por Ptolomeo Soter alrededor del 290 a.C., y acabado bajo el gobierno de su hijo Ptolomeo II, el monumental faro que se estima superaría los 115 metros de altura (dimensiones impensables para la época), fue erigido en la parte este de la isla de Faros ó Φάρος, a la entrada de la bahía de Alejandría, para guiar a los naves que se dirigían a la ciudad, puerto comercial de carácter internacional, y capital cultural del Oriente.

El Faro estaba construido sobre base cuadrada y una torre con forma de octógono que sobrepasaba los cien metros de altura compuesto en algunos tramos, según opinan algunos arqueólogos e ingenieros, por bloques de vidrio que evitarían la erosión y fragmentación de la piedra ante las inclemencias y la fuerza del mar.

En su parte superior ardía durante la noche un importante foco de luz gracias a enormes teas de aceite y resina y durante el día, placas enormes de espejos metálicos reflectarían la luz del astro rey como señal y guía a los marineros.

Para los capitanes de cientos de navíos, proporcionó un salvoconducto a través del Gran Puerto de Alejandría y para las gentes de la época un tributo a la maestría y el obrar humanos, pues no en vano aquel gigante fue durante siglos el edificio más alto del mundo.

De aquel portento, el astrónomo Aquiles Tacio llegó a decir “Era un monte que se erguía en medio del mar y rozaba las nubes. El agua fluía justo bajo él y el edificio se alzaba suspendido sobre el mar. En la cima de este monte surgía un segundo sol que pilotaba las naves”.

Tal fue el impacto que éste coloso causó en la Historia, que a día de hoy utilizamos la palabra “Faro”, nombre de aquella isla, para referirnos a los vástagos menores de aquella maravilla arquitectónica.

El Faro permanecería impávido a las inclemencias meteorológicas y a la fuerza de las olas, al desgaste del tiempo y a la fuerza de los hombres, pero nada pudo hacer contra los seísmos que acabaron derrocándolo. Las fuentes de información que han llegado a nuestros días o bien las referencias que de las mismas han quedado, citan que ya en el año 796, uno de estos temblores hizo caer la parte superior del faro y entre el 940 y 960, aparecieron grietas en sus robustos muros y comenzó a perder altura con cada nuevo seísmo.

Hubo algunos intentos de reparaciones infructuosas, quizás porque tales conocimientos arquitectónicos se habían ido perdiendo en el transcurrir de los siglos, o bien porque los gobiernos de aquellos días no tenían el capital necesario para una profunda reparación de su estructura. De hecho, hay registros de que aquel famoso sultán que frenó el ímpetu de los cruzados europeos, Saladino, consiguió restaurar parte de aquel monumento en decadencia hasta finales del siglo XIV, en que la furia de la naturaleza terminó por desmoronarlo.

Imagen: Ludo29 en Wikimedia

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