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Biografías, Época Moderna

El conde duque de Olivares

La pasión de mandar
Por luis_martinez, en 26 de Noviembre de 2008

La dinastía de los Austria no fue muy fecunda en talentos. Por ello, no resultaba difícil a un aristócrata inteligente y con buenas dotes psicológicas para manejarlos escalar a la cumbre del poder. Es más, encontraban mayores obstáculos en las luchas de las camarillas palaciegas que en conquistar el favor real. Éste se lograba con unos autos de fe, algunas justas, unas pocas comedias, y, sobre todo, con mucha adulación. La historia  de España está llena de validos que alcanzaron así el poder. El conde – duque de Olivares no fue una excepción.

Don Gaspar de Guzmán y Pimentel pertenecía a una aristocrática familia andaluza, la casa de Medina-sidonia, aunque en una rama menor. Nacido en Roma, en 1.587, donde su padre ocupaba el cargo de embajador, recibió esmerada educación. Protegido por su tío, don Baltasar de Zúñiga, ingresó al servicio del entonces Príncipe y futuro Rey Felipe IV, al que iría ganándose poco a poco a la vez que intrigaba en la Corte.

Excesivamente ambicioso, tenía la pasión del mando y era de carácter irascible y orgulloso. Poseía alguna inteligencia, era trabajador incansable, firme en sus opiniones y algo supersticioso. De físico corpulento, guardaba excelente memoria y, con su fácil palabra, hablaba con exceso e hipocresía.

Olivares, segundón sin fortuna, acumuló a lo largo de su vida títulos, rentas y territorios, de forma hábil y sin olvidar repartir sinecuras entre sus familiares.

En 1.623, con motivo de la visita del Príncipe de Gales, ya aparece como valido de Felipe IV. Dada la enorme corrupción de los validos anteriores – los duques de Lerma y Uceda - , su primera medida fue formar una comisión para investigar la fortuna de cuantos habían desempeñado cargos públicos. El resultado fue que los citados ministros y otros muchos cargos recibieron acusaciones de malversación de fondos, sin duda muy justificadas. No menos perjudicados salieron el Padre Aliaga, confesor del Rey, que fue desterrado, el gran escritor Quevedo, encarcelado, y don Rodrigo Calderón, degollado. Lástima que no predicara después con el ejemplo.

El conde – duque intentó después reorganizar la caótica Hacienda pública, con imposición de nuevos tributos y medidas centralizadoras que, ante la oposición de Cortes y ciudades, fracasaron. Todo su programa de gobierno se halla contenido en el “Gran Memorial”, presentado al Rey en 1.624, cuyo objetivo primordial era reforzar el poder real frente a los territorios. Pero su primer gran error fue negarse a prorrogar la tregua de los doce años con los holandeses, que nos sumió en una interminable y muy costosa guerra.

Los círculos políticos de palacio intentaron forzar varias veces su destitución, pero su gran habilidad de político nato salvó su posición. Introdujo al país en una guerra contra Francia de la que también salimos malparados, y, después, intervino sin necesidad en el pleito sucesorio por el Ducado de Mantua, otra confrontación inútil en la que perdimos fuerza y prestigio.

Junto a esto, perdió la amistad con Inglaterra – hecho éste no muy difícil, dada la inquina de los ingleses –, al verse el Príncipe de Gales ofendido en su visita a España, y continuó la Guerra de los Treinta Años. No mejor nos fue con los franceses ni con los holandeses : a los primeros, les cedimos definitivamente el Rosellón, y a los segundos, parte de nuestro territorio en los Países Bajos y, en buena medida, el comercio colonial.

Ante tanto desafuero, estallaron sublevaciones por todas partes : en Vizcaya, en Andalucía…. Pero las más graves se dieron en Cataluña y Portugal.

La política centralizadora del valido, la imposición de nuevos tributos y la prolongada estancia de tropas que cometían desórdenes, provocaron, en Barcelona, el “motín del Corpus” ( 7 de junio de 1.640 ), en el que los payeses segadores mataron al virrey – especie de gobernador –, conde de Santa Coloma, y declararon en Cataluña la República independiente, bajo el protectorado de Francia, “por la poca prudencia de quién nos gobierna”. Después reconocerían la soberanía de Luis XIII.

Más graves aún fueron los sucesos de Portugal, que, por causas muy similares, se sublevó seis meses después que Cataluña. Los conjurados asaltaron el palacio de la virreina, duquesa de Mantua, y proclamaron Rey al duque de Braganza, con el título de Juan IV. Dado que contaron con el apoyo de Francia, Inglaterra y Holanda, la situación se asentó y Portugal jamás volvería a España.

Todos estos hechos hicieron cada vez más impopular a Olivares. El duque de Medina-sidonia, su pariente, y el marqués de Ayamonte conspiraron contra él, pero fueron descubiertos. Aunque al duque se le perdonó, el marqués fue ejecutado. Ante tal situación, el Rey le escribió una carta agradeciéndole “el celo con que le había servido” y desterrándolo a su señorío de Loeches, cerca de Madrid. Pero sus enemigos continuaron presionando hasta conseguir que la Inquisición lo procesase y fuera desterrado a Toro, en Zamora. Allí murió en 1.645.

Hoy, el conde – duque de Olivares sigue concitando polémica. A grandes rasgos, existen tres visiones de su gestión. De un lado, están los que le consideran un político funesto, sin paliativos. De otro, aquéllos que pretenden reivindicarle por su espíritu recto, laborioso y centralista. Y, entre ambos, quiénes le consideran fiel representante de la España de su época : reflejo de la fatuidad, de la ignorancia de la situación internacional y de nuestros propios medios ; creyéndose aún en épocas pasadas, de mayor gloria española, promovió proyectos desproporcionados para una monarquía ya en franca decadencia y que no contaba con los medios necesarios para llevarlos a cabo. Así, con la “inestimable” ayuda de otros validos y reyes que le precedieron y le siguieron, aceleró la ruina de España.

Con todo, el de Olivares es un personaje que merece estudio. Ya el insigne doctor Gregorio Marañón le dedicó un ensayo, “El conde – duque de Olivares, la pasión de mandar, de donde extraemos nuestro título y donde analiza desde una perspectiva médico – psiquiátrica la personalidad del valido y su desmedido afán de poder, cosa por otra parte no poco habitual en su tiempo. También era propio de la época el hecho de alcanzar en poco tiempo las más altas cotas de poder y riqueza y caer después en desgracia, descendiendo hasta la prisión o algo peor. Así son los caprichos de los monarcas absolutos y así era la España de aquel tiempo.

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