Pedro Pablo Abarca de Bolea nació repleto de ambición, pero también de constancia. Una y otra le llevarían a ser uno de los personajes más poderosos y destacados de la España de la segunda mitad del siglo XVIII.
Este aragonés – concretamente de Siétamo, Huesca – vino al mundo en 1.719. Siguió la carrera militar hasta su máximo grado, llegando a dirigir las tropas españolas en la guerra contra Portugal, en 1.762. Posteriormente fue capitán general de Valencia. Pero todo ello, con ser bastante, no es nada comparado con su trayectoria posterior.
El rey Carlos III, atraído por sus ideas ilustradas, le llamó a su lado para presidir el Consejo de Castilla, magistratura que hoy equivaldría, grosso modo, a la presidencia del gobierno. Permaneció en el cargo durante siete fructíferos años, en los que realizó una destacada labor renovadora dentro de las ideas del reformismo ilustrado.
Es conveniente, a nuestro juicio, recordar aquí algunas de las ideas que este movimiento intelectual propugnaba, dada la vital importancia que tuvo en los acontecimientos del siglo. Basada en el empirismo y el cartesianismo, la Ilustración se caracterizaba por un optimismo cimentado en la confianza que, para el progreso y la felicidad humana, suponen la Razón, la Ciencia y la Educación. Igualmente, defendía el carácter esencialmente bueno del ser humano, la tolerancia y la separación de la moral civil de la religiosa, así como que todos los hombres son iguales. Y, en relación con esto, predicaba la libertad frente a los privilegios del absolutismo del Antiguo Régimen y los derechos naturales de todos los seres humanos.
Aranda, hombre culto, conocía bien estas ideas y, apoyado por el monarca, se consagró a su aplicación. Ello desembocó en medidas como la fundación de Academias y el impulso de las enseñanzas técnicas, el apoyo a entidades privadas de fomento del comercio – las Sociedades Económicas de Amigos del País - , la creación de fábricas públicas, bancos y juntas de comercio, la supresión de aduanas interiores para facilitar el intercambio entre regiones, un tímido intento de colonizar tierras para favorecer al jornalero del campo, etc. Asimismo, intentó reforzar el poder del rey frente a la Iglesia
( lo que se conoce como “regalismo”) con medidas como la expulsión de los Jesuitas en 1.767. Pero, lamentablemente, todos estos intentos se vieron súbitamente refrenados con el estallido de la Revolución francesa, ante el temor a que ésta se extendiese a nuestro país.
Aranda, desilusionado ante la barbarie del país vecino, cayó en desgracia y fue apartado del poder, al que sólo regresaría durante unos meses en 1.792, como Secretario de Estado. Tras sufrir nuevos arrestos y posteriores indultos, murió lejos de los ámbitos de decisión en 1.798.
Como tantos otros defensores de las ideas ilustradas, el aragonés, que había luchado por instaurar un mundo mejor, se asustó, al fin hombre de su tiempo, ante los desmanes de los revolucionarios del país vecino. Quizá tanto uso de la guillotina le hiciera plantearse si merecía la pena su esfuerzo.

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